domingo, 4 de mayo de 2014

La culpa de todo la tienen las estrellas

Desde el Neolítico que la especie humana mira hacia las estrellas con admiración, curiosidad y por qué no, una pizca de preocupación. En una de las escenas más lindas de la bellísima El Rey León el inquieto Pumba (un puerco decente como le gusta recordarnos, nada de cerdo ni chanchito) dice que para él las estrellas son masas incandescentes de gas a millones de kilómetros de distancia de nosotros, mientras que para el joven Simba son nuestros antepasados observándonos desde una brillante y más que prudente altura. Recuerda quién eres, asevera el espectro de Mufasa.
Más allá de que la influencia de Plutón en nuestra salud hepática probablemente sea objeto sostenido de burlas (aunque imagino que más de uno lee de refilón el horóscopo sentimental y patalea o se entusiasma frente a la inminencia de un encuentro apasionado gracias a la órbita elíptica de Venus al cuadrado) frente a ciertas hecatombes resulta inevitable elevar la vista hacia los astros y decir, pensar, gritar: "la culpa es de ustedes, cosas titilantes". No hay explicación posible para algunos eventos. De repente el Destino aparece con mayúsculas y si las cosas pasan es porque así estaba predestinado: y quizás, así, encontrar algún consuelo. O no.
¿Y qué evento más horrible e inevitable existe en este mundo que la inminencia del fin de tu  propia vida?  ¿Y cuán espantoso puede tornarse esto si tenés la certeza prácticamente absoluta de que tus días están contados? ¿Y si encima sos adolescente? En esos turbulentos años de la vida de las personas el futuro luce impreciso. En esas circunstancias, el futuro aparece improbable.
Y de algo de todo esto se trata el suceso literario de John Green, "The fault is in our stars", conocido por estas tierras australes como "Bajo una misma estrella". La historia es sencilla y familiar: chico-conoce-chica en un típico suburbio de película de origen norteamericano. La chica es muy sensible y brillante para su edad. El chico, también. La chica tiene cáncer. El chico, también. El libro se lee a los gomazos y es imposible no quererlos a todos. Sobre todo porque los pibitos se comportan como seres humanos: son profundos y también superficiales, abúlicos y apasionados, solidarios y egoístas. Distan bastante de la imagen del mártir del pequeño con la cabeza rapada a fuerza de quimioterapia. Y además, porque Mr Green es un hombre muy hábil y el motor de la historia, o como sea que se llame ese recurso estilístico, está buenísimo: la chica quiere viajar a Amsterdam para preguntarle a su escritor favorito cómo termina un libro que le encanta pero que termina abruptamente. Nuestra pequeña heroína está preocupada por el destino de los personajes e invariablemente por el suyo propio. Que esta historia peculiar se desenvuelva en un escenario tan bonito como Amsterdam, esa ciudad tan ordenada y a la vez tan tolerante y diversa, le suma muchísimo atractivo.
No sé si las respuestas a las grandes preguntas (que casi siempre empiezan con un gigantesco por qué) estén en las estrellas (en nuestras estrellas, en las que podemos ver y que supuestamente señalizan nuestras vidas) pero aunque no se comuniquen con nosotros, siempre vale la pena contemplarlas.

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