jueves, 2 de mayo de 2013

El último Elvis

Siempre que suelo cenar con mi papá invariablemente hay una disputa acerca del control musical.
Él insiste en escuchar música melancólica y yo sistemáticamente le solicito que ponga canciones más animadas, que inviten menos a reflexionar y más a mover el piecito y la cabeza al compás.
Solemos llegar a un acuerdo cuando pongo al único e irrepetible Elvis Presley.
Sin embargo, recientemente nos dimos cuenta de que en este caso hemos llegado a un punto de conflicto. Mientras mi viejo es fanático del último Elvis, yo tengo una importante debilidad por Elvis el Joven. El Elvis de Las Vegas, el del icónico traje blanco con brillitos, es un cantante maduro, que ni tiene que esforzarse para ser una estrella, un tipo un poco cansado y otro poco gordo, con cierta tendencia al abuso de sustancias. Es el Elvis de las baladas. John Lennon dijo una vez que Don Presley se murió en Vietnam. Quizás es así, quizás no, pero a cualquier persona en su sano juicio no puede evitar conmoverse frente a este caballero cantando a voz en cuello Suspicious Minds, hablando de algún amorío real o ficticio del cual no puede escaparse y por lo tanto se resigna entregado. O cuando canta The Wonder of you, que te dan ganas de ser católico y creer en Alá en simultáneo.
Pero a mí me gusta el otro Elvis. El jovencito. Pura hormona. El que en vez de poner voz de gospel intenta aullar un poco. El que se mueve cual marioneta. El que manda a bailar a los prisioneros. El que habla de lustrar los zapatos para llevarlos a sacarle chispas al piso. El que tenía más jopo que patillas. 
Esas canciones eran bastante más ingenuas: no puedo evitar entenercerme cuando en Don't be cruel le declara su amor a una muchacha a la que le pide que no sea muy dura con él y luego le sugiere que por qué no se casan y se quedan para siempre boludeando juntos. Es música que evoca una existencia feliz; hace pensar en esa ingenuidad americana de los años cincuenta cuando todo era una gran escenografía como la del baile donde se besan por primera vez los padres de Marty Mc Fly en la primera película de Back to the future (el mítico baile titulado "Enchantment under the sea").
Lo más importante es que sea la etapa que sea, el ascenso o la decadencia irreversible, la música de Elvis provoca ganas de empilcharse y salir a bailar con una sonrisa tatuada en la cara. Y sólo por ese rato, sentirse eterno.